El descendimiento de la cruz

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Les propongo acompañar a Cristo ayudándonos de la tabla central del tríptico de van der Weyden, «El descendimiento de la cruz».

El episodio es narrado por los cuatro evangelistas. Leamos el texto de Lucas 23, 50-53. «Y había un hombre llamado José, miembro del concilio, varón bueno y justo (el cual no había asentido al plan y al proceder de los demás) que era de Arimatea, ciudad de los judíos, y que esperaba el reino de Dios. Este fue a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y bajándole, le envolvió en un lienzo de lino, y le puso en un sepulcro excavado en la roca donde nadie había sido puesto todavía. »

A pesar de que el Nuevo Testamento no describe este episodio con detalle, la pintura y el arte en general lo han representado una y otra vez: las clavos ya se han quitado y el cuerpo de Cristo es bajado de la cruz, recibido por los brazos de José de Arimatea. Al principio, esta escena dio lugar a composiciones de solo tres figuras: Cristo, José de Arimatea y Nicodemo. Por influencia bizantina, pronto se incorporaron a ambos lados de la cruz la Virgen y San Juan, posiblemente en relación con un texto apócrifo del siglo IX. En las Homilías de Gregorio Nacianceno, iluminado en Constantinopla, la Virgen se encuentra junto a la cruz al lado de José de Arimatea, aunque todavía no tiene un papel activo en la escena. A partir del siglo XIII, se introducen más figuras para una mayor dramatización; así la Virgen pasa de tomar la mano de su Hijo a lamentarse y caer desmayada, teniendo que ser atendida por las santas mujeres. María Magdalena se dispone a los pies de Cristo y junto a José de Arimatea y Nicodemo, una tercera persona ayuda a desenclavar al Crucificado. Además, en algunos casos, se incorporan los donantes o patrocinadores en actitud contemplativa.

El fondo de oro tiene un sentido simbólico, como ya se le daba en Egipto: simboliza la eternidad y es propio de lo divino. Lo que se representa aquí no es cualquier escena, es una escena de la vida de Jesucristo, del Hijo de Dios, nuestro Salvador.

Contemplemos el cuadro: la casi ausencia de paisaje (unas pequeñas plantas, un hueso alargado y una calavera junto a la mano de María desmayada) permite dirigir toda nuestra atención hacia las figuras que se alojan en ese espacio reducido. Vamos a centrarnos en José de Arimatea y Nicodemo sosteniendo el cuerpo de Cristo y dos parejas de figuras que se representan paralelamente: María Magdalena y Juan en los extremos englobando el grupo en una especie de paréntesis, y la Virgen María y su hijo Jesucristo en el centro. Cada uno tiene algo que decirnos.

Tal como se describe en los Evangelios, José de Arimatea envuelve el cuerpo de Cristo en un paño blanco de lino, impregnado de sustancias aromáticas. ¿Quién fue este personaje? « Persona buena y honrada » describe san Lucas, « que aguardaba el reino de Dios », o sea « que era también discípulo de Jesús » añade Mateo, « pero clandestino, por miedo a las autoridades judías » comenta Juan. Un discípulo que ahora, « armándose de valor », precisa Marcos, reclama el cuerpo del Maestro. Jesús acaba de morir ignominiosamente, Pedro ha renegado de Él por tres veces en  público, los apóstoles acobardados y vencidos por el desaliento, se esconden o se dispersan, y en la prueba, el único que da la cara, es un discípulo secreto que hasta ahora no se atrevía a declarar su condición. José de Arimatea, cuya leyenda le hace recoger en el Gólgota, con el santo Graal, la sangre de Cristo, subraya la dignidad del que sale de la sombra en el peor momento con una valentía que no tuvieron los más fieles. Él, quizá mal visto por los apóstoles que podían reprocharle que no se comprometía, tiene el incontenible arrojo de los tímidos, la brusca decisión de los titubeantes, y por eso se le venera, por haber hecho valientemente misericordia con el Señor (una obra de misericordia corporal: enterrar a los muertos). Los cuerpos de los crucificados eran arrojados a la fosa común. La infamia continuaba después de la muerte. No sucedió así con Jesús gracias a la audacia y al amor de José de Arimatea.

Aparece un anciano de barba blanca identificado como Nicodemo. Recordamos su conversación con Jesús, una conversación centrada en la salvación, en la nueva vida, en la victoria sobre el pecado y en un participar en la misma vida de Dios. «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él» (Jn). Así, veladamente Cristo le señaló ese día el sacrificio que realizaría en la cruz, pero Nicodemo entonces no podía entender esas cosas. Ahora que baja el cuerpo de Jesús, ¿le viene a la mente esa conversación? ¿Se acuerda de esta frase?: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

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Al lado derecho, María Magdalena se dobla, consternada por la muerte de Cristo. Es la figura más lograda de todo el cuadro en cuanto a la expresión del dolor. Anteriormente, Jesús había « sanado su corazón afligido y vendado sus heridas » (salmo 147) y esa mujer pecadora fue capaz desde entonces de « amar mucho » (Lc 7, 47). Ahora testigo de la pasión de Jesús se une a sus sufrimientos para ser a la vez testigo de su resurrección. Leemos en la Salvifici Doloris: Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo desciende, en una primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la impotencia humana; en efecto, Él muere clavado en la cruz. Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo. Esta fue la experiencia de María Magdalena: « Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. » (Mc 16,  9). Ahora, se convierte en apóstol privilegiado del amor misericordioso de Dios, un amor más fuerte que el pecado y la muerte.

El movimiento corporal de María Magdalena se repite en la joven figura de Juan, vestido de rojo (color simbólico), en el borde izquierdo. Juan, el discípulo del amor, el que se recostó en el corazón de Cristo, el que declaró en su primera carta (1 Jn 4, 16): « Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. » No es el único autor de los orígenes cristianos que habla del amor. Dado que el amor es un elemento esencial del cristianismo, todos los escritores del Nuevo Testamento hablan de él, aunque con diversos matices. Pero, fue Juan quien trazó con insistencia y de manera incisiva sus líneas principales y no lo hizo a partir de unos conceptos abstractos, filosóficos, o incluso teológicos sobre lo que es el amor. No, fue su relación con Jesús como Apóstol y amigo que le permitió escribir:  « Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). En virtud de este amor oblativo y total, nosotros hemos sido radicalmente rescatados del pecado. Frente a María Magdalena se entienden mejor estas palabras de Juan: “Hijos míos, (…) si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre:  a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1 Jn 2, 1-2).

Entre María Magdalena y Juan, toda la escena queda enmarcada por el amor, un amor que llega a su culminación en Jesús y María. María es representada sufriendo un desfallecimiento y doblándose. Jesucristo aparece en la misma posición que su madre, lo que significa que los dos sufren el mismo dolor, ilustrando así la Compassio Mariae de san Bernardo, el paralelismo entre las vidas de Cristo y la Virgen (fijarse en la posición del cuerpo y de sus manos, el corazón). Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35). Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la guía también a ella a la perfección (cf. Hb 2, 10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf. Jn 19, 30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. María ensancha su corazón para amar a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor. Para cada hombre, el sufrimiento es siempre un extraño difícil de soportar. Su presencia nunca se puede domesticar. Maria, la Virgen de los dolores, más que nadie, es capaz de entender y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento. Para poder transformarla en amor, nos enseña cómo recorrer en unión con Jesús, el largo camino que lleva del Calvario a la tumba abierta.

Apenas nos hemos acercado un poco a estos personajes. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a entrar más profundamente en este misterio de amor, ahora y durante la Semana Santa.

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